domingo, 11 de noviembre de 2012

TOCUYOS DE ALFONSO RESPALDIZA



Además de su valor propio estos Tocuyos de Alfonso Respaldiza plantean, a un nivel concreto las complejas relaciones que pueden existir entre lo que se llama Arte y lo que se llama Artesanía.  Respaldiza fue un artista correcto, urbano y académico a sus 22 años antes de viajar a Brasil.  Frecuentaba entonces estilos formalistas y abstractos y su pintura, siendo exploraciones de sí mismo, era también un modo secreto de subrayar la relación filial con su padre, José Respaldiza, artista de marcado énfasis intelectual, 1968 fue para Alfonso Respaldiza el comienzo de una ruptura con ese mundo bien ordenado.  Ese es el año en que el Perú sufrió uno de sus pachacutes políticos y sociales.  Al viajar entonces Respaldiza a Brasil dejaba una sociedad trastornada y que por eso mismo perdía su poder sobre él.  Decisiva fue su experiencia en el taller de grabados que dirigía Alhir Botello.  Ni sus estudios de Arquitectura en Chile o en la Escuela de Bellas Artes de Lima influenciaron tanto en Respaldiza como el breve consejo de Botello: “Pinte Ud. cosas del Perú, pinto lo que Ud. es”.Publicado en Revista Cielo Abierto, Vol. VI, N° 16, agosto 1981.
Respaldiza no estaba seguro sin embargo de cual habría de ser su lenguaje plástico.  ¿Diseño y diagramación?  ¿escultura?  De regreso al Perú aprendió incluso el viejo arte de los retablos ayacuchanos y dedicó largas horas a leer los mates burilados.  Este proceso de búsqueda fue acelerado por una feliz experiencia sicoanalítica (1976).



Los Tocuyos de esta exhibición condensan todo ese largo proceso.  Es vieja esta tradición de los Tocuyos en el Perú.  Los Catecismos Chavín de Carhua (Costa Sur) fueron hechos con este material; el más fuerte y sencillo de todos con sus largas fibras amarradas en un elemental cruz de trama y urdimbre.  También emplearon el Tocuyo los grandes maestros pintores de Chancay.  Durante el Coloniaje vino a menos, y lo “distinguido”, lo “moderno”, era trabajar sobre cueros y lienzos importados.  En algunas partes del Perú sin embargo, el Tocuyo continúa al servicio de la pintura.  Es el caso de los Tocuyos Misionales de Chachapoyas y de Mojos con sus grandes escenas bíblicas hechas por encargo de los jesuitas.  De algún modo, pues, viejas técnicas, viejas ideas plásticas sobrevivieron.  Así nos podemos explicar el milagro pictórico de Encarnación Mirones que a mediados del XIX pintó sobre Tocuyo con la fuerza de un buril, como si estuviese (como podría haber dicho Sabogal) tatuando la piel de un mate.
Sin saberlo quizás, Respaldiza se vincula a esa tradición.  En estos Tocuyos hay el énfasis aprendido en los grabados; de allí su impacto táctil pese al rico cromatismo de las telas.  No hay aquí ninguna sofisticada presentación perspectivista ó anti-perspectivista.  Es una pintura de regreso en que todas las figuras ocupan el primer plano como si dentro de la consideración íntima el significado simbólico así lo exigiera.  Nada tiene aquí otra jerarquía que las necesidades de la composición.  Bien puede sin embargo debatirse algunas preferencias: el Sol Paterno, las aves maternales y femeninas; la obsesión vegetal, que es tan andina; todas presentadas por Respaldiza sin conflicto.  En un ámbito de reconciliación.
No estamos viendo una pintura homogénea.  Parecería que Respaldiza maneja en estos momentos dos ó tres aperturas.  Una de ellas confiada al color y a lo floral; allí las figuras se aprietan armoniosamente dentro de un horror al vacío.  En el otro extremo se encuentra el misterio del batik, donde Respaldiza se ha inspirado notoriamente en motivos de los mates huancaínos.  Hay por último otros dos registros, próximos entre sí:  Allí el artista está accediendo a un proceso de eliminación y abstracción de la figura y a poner en evidencia el valor de los fondos, todo dentro de una gran economía cromática que contrasta con la explosión de los primeros registros.


Es difícil predecir cuanto durará esta Fase Tocuyo dentro del desarrollo plástico de Respaldiza.  Pero resulta positivo que en un momento de crisis el artista haya recurrido a influencias tan diversas como los que se han mencionado (grabado moderno, mates tradicionales, batik, etc.).  Quizás en la libertad de esa aproximación esté uno de los secretos de la belleza.  Uno de los milagros, una de las explicaciones del arte se encuentra en el hecho paradojal de que solo explorando zonas peligrosas, marginales, puede llegar una obra a su iluminación.





Fotografías: Wilfredo Loayza


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domingo, 4 de noviembre de 2012

EL PRIMER CABALLO ANDINO




Junto con los conquistadores, los caballos y los toros irrumpieron con violencia en la cultura andina.  Testimonio de una derrota estos poderosos animales se transfiguraron y pasaron de manos del vencedor a manos del vencido.  Lo que decimos es a la vez una comprobación y una hipótesis.  Abundan en nuestro arte actual toros y caballos de arcilla que debemos atribuir a la presencia española del XVI puesto que en el Perú no los hubo antes de la Conquista, ya que el paleocaballo de Junín desapareció antes de que la gente se especializara en cazar cérvidos y camélidos.
Durante años todos hemos buscado, por eso, el primer caballo o el primer toro (algo así como el ilusorio Eslabón Perdido), tal como fueron modelados por quienes los vieron a comienzo, durante ese terrible Pachacútec que fue la Conquista española.  Pero la arcilla es todavía más frágil que el tejido; es tierra a la que el fuego apenas si confiere una duración precaria.
El primer toro creí encontrarlo en 1965 viajando por las chacras de Chumbivilcas, acerca del cacicazgo de Túpac Amarú.  En realidad, no supe que éste era el primer toro o un pariente cercano hasta que José María Arguedas lo miró y me dijo: “éste es un Dios”.  Este Toro-Apu, hoy día en el Museo de San Marcos, no tiene patas sino la base plana y es un compromiso formal y funcional entre la conopa andina de piedra consagrada, el auquénido y el toro mediterráneo.

Así también como ese toro-dios, este caballo es una síntesis de numerosos actores culturales.  Representa un caballo sin montura cuyo pequeño jinete es un indio a pelo.  Su color negro es Chimú y resultante de una tecnología muy antigua en la costa norte del Perú, que evoca a la cerámica Lambayeque y se inspira en lo Chavín y otras culturas del Formativo Andino.  El procedimiento para conseguir ese color es relativamente sencillo: evitar la oxidación de la mezcla (en este caso, arcilla roja) al reducir la atmósfera de cocción en un horno cerrado.  Sus dimensiones corresponden a la fase inca norteña.  Pero hay también algunas pérdidas o sustituciones.  Por lo pronto esta figura no se encuentra asociada ni al estribo ni al asa puente; o al cuerpo de una vasija.  Este caballo prescinde de toda función utilitaria cotidiana aparente o real.  Ha sido planteado como un hecho aislado, para que fuese todavía más visible su rol simbólico.

Para evitar la deformación o rotura de la arcilla el ceramista indio perforó el cuello a fin de permitir que la columna de aire ventilara y refrescara todo el cuerpo del caballo.  Asimismo, para darle mayor solidez a una escultura que como se ha dicho, carecía de los soportes tradicionales de una vasija Chimú, el artista se vio obligado a unir las patas del caballo mediante dos listones.  La franqueza de ese procedimiento es casi ostentosa, pero ignoramos con qué fin.

El arqueólogo Daniel Morales sugiere a ese propósito, que en vez de un recurso técnico, esos listones representan ligazones con que ha sido maniatado el caballo.  El mismo arqueólogo, en una estudio técnico, nos ha sorprendido con la información que esta pieza de cerámica no ha sido íntegramente modelada, pues a esta técnica sólo corresponden ciertos accesorios (cuerpo del indio, cola, patas, orejas y sexo del caballo).  Mientras que han sido hechas a molde la cara del indio, el cuerpo y la cabeza del caballo.  Los efectos del molde no son, sin embargo, evidentes a simple vista en la parte exterior porque el ceramio fue sometido a una cuidadoso bruñido.  En cambio, Morales ha podido percibir las costuras del molde a través del agujero de ventilación.  De ser así, ésta no fue una pieza única, sino parte de una serie hasta hoy desaparecida en su totalidad con excepción de este ejemplar.  Podríamos, en consecuencia, pensar que estos caballos a molde no celebraban ninguna hazaña individual; sino que, más bien expresaban necesidades o deseos colectivos.

Al margen de estas cuestiones técnicas, podemos todavía preguntar sobre algunos aspectos no explicados: ¿por qué el ceramista no trató de disimular el agujero de ventilación?  Por último, tampoco sabemos por qué cada uno de los ojos del caballo ha sido materia de un diseño diferente.

Formalmente, éste es un caballo de batalla; lo indican sus patas arqueadas y el pescuezo recogido para el combate por unas bridas que no aparecen en la cerámica.  Pero es también un caballo andino cuya crin no es sólo un pelo trenzado sino que parece una soga de algodón o de cabuya.  La reconciliación y el conflicto, a la vez estético, cultural, social, hasta biológico se da en el ojo y el jinete.  Los ojos de este caballo son los ojos irritados del animal al que le hincan las espuelas y, al mismo tiempo, jalan sus  bridas para que esa doble acción contradictoria enardezca su sangre.  Sus ojos que no miran ni adelante ni atrás ni de costado; son ojos de ajedrez, crueles y mal dispuestos.  Al igual que sus narices que parecen soplar viento en vez de respirar.  Tan crueles, en fin, esos ojos como los menudos y amenazadores dientes.  Por eso este caballo no debe ser observado desde una altura rostral ni de arriba hacia abajo como si fuéramos sus iguales o estuviéramos muy por encima suyo.  A este dios-demonio hay que mirarlo como lo quiso el ceramista: desde abajo en el suelo, como sin duda lo miraron los indios vencidos.  Entonces aparece el gran animal en todo su poder.

El jinete tan pequeño, deformado, sin montura, con su cabeza y sus orejas pegadas a las crines, podría servir de símbolo para una cultura andina sobrepuesta al gran animal de Occidente y su estatura tan reducida constituye un contrapunto casi satírico.  Consignación no objetiva sino emocional del símbolo ajeno más poderoso, esta pieza de cerámica contemporánea de la Conquista fue hecha quizá por alguien que vio pasar a Pizarro por Chiclayo y Chongoyape en dirección a Cajamarca y que, luego, tuvo oportunidad para familiarizarse con la anatomía de este nuevo ser.  Como la mayoría del arte andino fue un exorcismo, un modo de expresar hacia fuera la pesadilla interior, es decir, de expulsar al fantasma que soñamos, para verlo claro, concreto e individual fuera de nosotros.  Así, entonces, empezamos a ponerle riendas al miedo.




“El Caballo de la Conquista (montado por un Chimu).Dibujo de Juan Zárate, 1979.”  


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SAN MARCOS, UN NOMBRE BIEN PUESTO

Empecemos por reconocer que todos los “estudiosos” hemos tenido la pedantería de calificar como “un error” el nombre de San Marcos que tienen los “retablos huamanguinos” (este mismo título es un invento nuestro; su nombre regional es Cajones). Esos retablos decimos los “estudiosos”, no deberían llamarse San Marcos puesto que en vez de león tiene a sus pies vacas o toros que pertenecerían a San Lucas. Fue, añadimos, una ignorancia campesina confundirlos. Lo cierto es precisamente lo contrario: la hagiografía nos informa acerca de los últimos días del evangelista San Marcos y su incidente con los toros egipcios. Ricardo Palma y Riva Agüero hubieran podido decirlo de haberles interesado el arte popular peruano ya que ambos hablaron alguna vez del “evangelista del toro matrero”, como protector de la universidad limeña. San Marcos, un nombre bien puesto; pero ¿acaso conviene a todos los cajones o retablos?, ¿debemos acaso llamar San Marcos también a los cajones retablos donde el santo no figura? San Marcos obviamente sólo sirve a los criaderos o ganaderos de ganado vacuno. Pero mucho más numerosos que estos retablos son aquellos destinados a otro tipo de actividades agropecuarias: retablo San Juan para las crianza de ovejas, Santa Rita para la crianza de cabra, San Antonio para los arrieros y sus mulas, Santiago para llamas y alpacas. Tampoco les convendría el nombre San Marcos a los retablos, abundantes en Apurímac cuyas principales figuras son cristos, vírgenes y hasta santa rosas; los cuales no ofrecían una protección específica para algún tipo de ganado sino que eran invocados más bien porque eran los patrones religiosos de algún pueblo o jurisdicción. Existen además retablos mucho más complejos en que figuran todos los patrones. Lo cual nos indica una actividad agropecuaria múltiple, aquella que corresponde a propietarios poderosos que manejaban ganados de toda clase: ovejas, cabras, vacunos, llamas... Por último, no podríamos llamar San Marcos a los menos visibles retablos dedicados a San Isidro como protector de la agricultura y que son frecuentes sobre todo en la zona quechua y no en las tierras altas.  Publicado en San Marcos al día. Revista Semanal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos Nº 11. Lima, 11 de noviembre de 2004.

*Publicado en San Marcos al día. Revista Semanal de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos Nº 11. Lima, 11 de noviembre de 2004. 
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EL MATE DE LA CONQUISTA: ¿ARTE PROTESTA?



¿Cómo vieron los indios peruanos a los primeros invasores europeos? ¿Cómo recordaron después de vencidos las batallas en que tuvieron que enfrentarse? Si la Conquista fue el colapso que suponemos, debió entonces producir un estado de Presente Absoluto que hasta hoy dura.  De modo que nuestras preguntas podrían recibir respuestas contemporáneas y todavía en desarrollo; y atribuir lo de hoy al ayer.
Aún así es válido buscar las primeras expresiones de ese contacto traumático.  No abundan, sin embargo; en el curso de los últimos años apenas si he podido identificar tres de ellas.  Uno de estos testimonios tempranos es un pequeño mate o checo (11 cm. de largo por 09 cm. de diámetro) posiblemente destinado a guardar la cal que se emplea en la masticación de la coca.  Su procedencia nos es desconocida; tampoco sabemos el registro cultural con el que estuvo asociado.  Nos queda solamente el objeto en sí mismo y las figuras que quizás permiten diagnosticarlo.  Lo excepcional y único de este mate consiste en que probablemente sea una de las primeras representaciones indígenas de la Conquista española.

     


De un modo general podemos ubicarlo en los primeros decenios posteriores a la Campaña de Pizarro.  Pertenece, así, al periodo artístico Transición.  En otro artículo (a propósito de un Arpa-Mate, también del XVI) he indicado cómo este concepto no ha merecido, después de Manuel M. Valle, ni un mayor desarrollo teórico ni tampoco ilustraciones empíricas que le den consistencia.  Dentro de este concepto Transición propuse diferenciar dos grupos de elementos que convencionalmente designé como transicionales y consolidados.  Entonces, sin embargo, no fue posible avanzar más allá de una mínima exploración del campo semántico respectivo (experimental, tentativo, apartamiento, primeros contactos, etc.).  Se llegó también a distinguir tres categorías de transicionalidad (descomposición, recomposición adaptativa, anticipación y desarrollo).  Al reflexionar nuevamente sobre el asunto advierto la posibilidad de un uso ambiguo de este concepto.  He aquí algunas opciones: a) son transición todos aquellos productos culturales que evidencian el tránsito hacia lo colonial/español/peruano.  Aquí el acento está puesto, fundamentalmente, en la meta y el objetivo final supuesto (lo colonial español peruano) de la etapa transición; b) es transición todo producto cultural que combina elementos prehispánicos y elementos hispánicos durante los primeros tiempos de contacto.  Con lo cual se introduce como factor crítico la duración y ubicación cronológica respectiva, y se acentúa de modo especial la combinación o simultaneidad cultural.  Aunque útiles estos significados deben ser objeto de ciertas reservas.  En cuanto a la noción de tránsito, maneja lo que llamaríamos una hipótesis a la vez filogenética y teológica.  Su propósito es explicar aquello que se considera el producto final de la transición.  Quienes privilegian, en cambio, la simultaneidad cultural parecen advertir que los objetos transición deben ser entendidos en sus propios términos de producción.  Si bien, la tendencia consistiría en la descripción por separado de los elementos hispánicos y prehispánicos sin preocuparse mucho del arreglo interno; y sin tampoco asociar el concepto Transición al de cambio.  En otras palabras, no se tendría en cuenta las referencias básicas (españolas o incas) a partir de las cuales fueron construidos los objetos transición ni los desarrollos iconográficos nuevos, con escasa carga filial resultantes de la confrontación con una realidad nueva, diferente a lo Inca y a lo Europeo: algo que no puede ser llamado sólo colonial.  Con lo que, al final, Transición tolera que se incluyan como rubros suyos cosas muy distintas entre sí.  Quizás sí esa falta de certidumbre debe ser reconocida no como un defecto sino como una característica positiva de ese tiempo y ese estilo (o conjunto de estilos).

Por estas razones resulta tan importante el mate que presentamos.  La intención del artista ha sido escenificar una Batalla entre indios y españoles.  Dos circunstancias condicionaron, sin duda, la programación de las figuras y sus movimientos: 1) La curvatura del mate y 2) su verticalismo (típico de los checos).  Los espacios que resultan de combinar estas dos condiciones ofrecen numerosas y diferentes oportunidades de lectura y bien podríamos decir que estos espacios plásticos se caracterizan por su gran dinamismo.  En este sentido la “traducción” de ese espacio curvo a un desarrollo lineal y plano debe ser manejada cautelosamente.  Nos da, es cierto, una escenificación completa pero, al mismo tiempo, empobrece la multivalencia original y adquirimos una falsa impresión de conjunto que no estuvo en la inicial propuesta estética del que buriló este mate.

Lo que el artista quiso (y consiguió) fue precisamente elaborar una visión plástica de la Batalla que nos permitiera una serie de versiones fragmentarias que se completaban entre sí a diferentes niveles sólo si mediaba un esfuerzo nuestro.  Nos apartaba así del prejuicio de la visión global absoluta y única que nos hace funcionar como observadores no comprometidos que ven desde afuera (y desde un plano de superioridad) lo que ha ocurrido.  Aquí, en cambio, ingresamos al interior de una acción cuyo sentido no es evidente a primera vista, significado que nos vemos obligados a recomponer por nuestra cuenta movilizando el espacio y sus decoraciones con nuestras manos, haciendo que la totalidad gire ante nuestros ojos.  Nunca estamos satisfechos de nuestras manipulaciones y visiones.  Nos queda siempre la duda de haber elegido o no el punto adecuado de observación y tratamos de acuerdo a nuestros prejuicios de señalar un comienzo.  Al final es posible que descubramos nuestro error: en esta fabricación estética nada de eso existe, ni comienzos, ni lugares panópticos.  Es un artefacto mucho más complicado que nos ofrece la excepcional oportunidad de participar (y recrear por nuestra cuenta) la experiencia consignada.

La escena principal está compuesta por el enfrentamiento entre dos soldados españoles y tres guerreros indios.  Ambos españoles usan yelmo.  Uno va a caballo, con rodela, espada y lanza; el otro a pie, maneja un arma que podría ser la ballesta.  Debajo de ellos los acompaña un indio colaboracionista, auxiliar o sirviente, que lleva encadenada una traílla de tres perros.  Los animales de presa, en son de ataque, han sido dibujados fieramente con las fauces abiertas subrayando el diseño de la dentadura y las lenguas afuera.  Uno de ellos parece llevar la cola trenzada y con clavos.  Completan el conjunto un ave voltúrida y también un gallo.

No es posible por ahora identificar cabalmente a los guerreros indios.  Dos de ellos aparecen uniformes, con el cabello peinado en red; emplean arcos con flecha y un escudo rectangular.  Además, uno de los guerreros lleva un hacha colgada en la espalda.  El tercer combatiente indio viste de modo distinto.  Tiene también un escudo rectangular pero con diseño propio.  Viste una casaca con dibujos en damero y no de un solo color como sus otros acompañantes.  El arma de este guerrero es una lanza con la cual enfrenta al mayor de los perros españoles.  La expresión y el movimiento del animal insinúan que ha sido herido por esa arma.

Lo poco que todavía sabemos sobre las etnias andinas contemporáneas de los incas impide conocer las que están representadas en cada uno de estos personajes.  Resulta obvio, sin embargo, que se quiso tener un cuidado muy especial en subrayar las diferencias de vestuario y las respectivas identidades de grupo.

En cuanto a los perros dibujados en el mate, representan a los peores enemigos del indio americano, más temidos que el caballo o el arcabuz.  Es sabido el uso bélico generalizado que los españoles dieron a estos animales.  He aquí algunos hechos y pruebas que resumimos de un reciente estudio (Ludeña 1978): Los perros fueron empleados ya por Cristóbal Colón que con 20 perros de presa atropelló a los indios de La Isabela.  Los cronistas relatan que para alimentar a estas bestias tenían los europeos carnicerías de carne humana.  Cieza de León vio en la ciudad de Cartagena una de esas tiendas “que tiene en la percha colgados cuartos de estos indios para cebar perros”.  Ludeña transcribe también una terrible cita del padre De las Casas: “Dícense unos a otros –préstame un cuarto de un bellaco de esos, para dar de comer a mis perros hasta que yo mate a otro– como si se prestasen un cuarto de puerco o de carnero”.

Los conquistadores del Perú fueron adictos a esta cruel arma de guerra.  Para ingresar al país de La Canela, según el mismo Ludeña, Gonzalo Pizarro llevó 900 de estos perros; y por esos años tuvo la Corona que dictar una norma muy precisa prohibiendo que en el Perú tuviesen los españoles “perros bravos carniceros”.

Por todo lo que vemos, este mate es sin duda, un arte testimonial pero no es seguro, en cambio, que constituya un ejemplo indudable de arte-protesta.  Expliquémonos con una sola pregunta: ¿sería posible que este mate hubiese sido encargado (o hecho) por el indio colaboracionista que en esa batalla estuvo guiando a los perros españoles?  De ser así esta obra de arte estaría celebrando no la resistencia sino lo que, con arreglo a nuestra opción política actual, llamaríamos una traición.  Un ligero apoyo a favor de esta interpretación es el cuidado con que al parecer se ha querido prestigiar la cabeza de ese personaje.

Fuera de éstas hay otras cuestiones por aclarar.  Por ejemplo, los arcos con flechas; según la opinión aceptada, no fueron empleados por los incas en sus primeras luchas contra los españoles.  De ser así (y sin pronunciarnos sobre la materia) esta batalla debe ser referida a otros escenarios históricos: A) Antes de Cajamarca, al norte del imperio inca, en las costas de lo que hoy son Ecuador y Colombia; B) Después de Cajamarca en b-1) las zonas de penetración española secundaria (chiriguanaos, araucanos, “entradas” amazónicas); b-2) durante las campañas represivas contra los incas de Vilcabamba.  En los dos últimos casos (b-1, b-2) este mate sería uno de los antecedentes más antiguos del tema iconográfico del Arquero tan popular en los vasos de madera inca-coloniales.
Aclarar esa primera cuestión es importante, para una correcta ubicación geocronológica del objeto, pero sobre todo para que identifiquemos los roles culturales a que estuvo destinado.  En ese sentido también resultan inquietantes las dos aves (gallo, voltúrida) que allí aparecen.  Su presencia y su colocación en los sitios específicos que ocupan, fueron no sólo deliberados sino probablemente simbólicos.
Surgen, asimismo, dudas e interrogantes sobre las condiciones materiales y técnicas en que fue confeccionado el objeto.  No sabemos si el artesano que lo ejecutó poseía un adiestramiento profesional.  O si por el contrario sólo era un “aficionado” por anacrónico que el concepto resulte para el siglo XVI andino.  La hipótesis afirmativa podría argüir en su favor el hecho que en este mate se haya empleado un esquema altamente convencionalizado para representar la boca de los perros; el diseño adaptado para ese fin viene de una vieja tradición iconográfica andina que desde los ceramios Mochica en adelante sirvió para representar tanto a seres mitológicos como también a ciertos animales (zorros) al parecer vinculados al culto lunar.  Ese mismo diseño puede encontrarse en el repertorio Recuay así como en la cerámica Chancay influida por ese estilo.  En vísperas de la Conquista esa figuración ilustró los mates de la cultura Chimú y la costa central andina.
Pero un solo diseño, muy conocido y popular no basta para atribuir este mate a un taller de profesionales.  Si bien, tales talleres subsistieron durante los primeros años de la Conquista.  A ese respecto contamos con un testimonio excepcional: La visita de Atico y Caravelí en 1549, recientemente publicada.  Todavía en ese año los pueblos de ese distrito estaban obligados a entregar como parte de sus tributos 300 pares de mates pintados cada cuatro meses; lo que significa un total de 1,800 mates al año.  Sin otros comentarios, esta sola información nos prueba que los artesanos indígenas, y en especial los buriladores de mates, se hallaban por entonces en plena actividad.  Atico y Caravelí no deben haber sido las únicas provincias peruanas que pagaban sus tributos españoles en mates.  En cualquiera de ellas pudo ser hecho el objeto que estudiamos.
No hay, sin embargo, que desestimar la otra alternativa, o sea el trabajo espontáneo.  Por lo pronto el movimiento general de la escena y de sus personajes está alejado del rigor elegante que tenían las decoraciones buriladas en los mates del período inca.  Con todo, tal expresionismo es precisamente una de las características generales del periodo Transición del que participaron profesionales y espontáneos.  Es, por ejemplo, lo que tipifica a Guamán Poma de Ayala.  Un problema por averiguar a ese respecto es si hubo o no alguna relación entre estas escenificaciones expresionistas del periodo colonial transición y las tendencias similares que pueden detectarse en el arte Chimú contemporáneo de los incas.
Hemos de preguntar si tuvieron continuación en el coloniaje aperturas estéticas como la de este mate.  Escenas de la conquista española abundaron en la pintura cuzqueña sobre lienzos y murales del siglo XVII.  Pero con un carácter celebratorio, prohispánico y católico.  La versión más frecuente presenta a un grupo de incas atropellados por Santiago Apóstol.  Nada hay en esa pintura colonial de protesta o testimonio.  Una de las tareas futuras para una historia social del arte andino debería explicar las razones de esa diferencia; la diferencia entre la libertad de este primer mate de la Conquista y el convencionalismo del posterior arte colonial. 



“Fue frecuente el “aperreamiento” o sea el matar nativos entregándolos a perros bravos.  Pizarro era un antiguo especialista en ese método:  En el Darién, hacia 1515, ordenó despedazar por los perros dieciocho caciques de la resistencia.  En primera línea se vieron furiosos dogos, alanos y lebreles.  Ya desde la Isla del Gallo fueron solicitados los perros para marchar con ellos al Perú.  Hernando Pizarro, fue acusado de lanzar perros contra Atahualpa y Manco Inca. Hallándose éstos prisioneros y sin defensa” (J.J. Vega).






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