
Además de su valor propio estos Tocuyos
de Alfonso Respaldiza plantean, a un nivel concreto las complejas relaciones
que pueden existir entre lo que se llama Arte y lo que se llama Artesanía. Respaldiza fue un artista correcto, urbano y académico a sus 22 años antes de
viajar a Brasil. Frecuentaba entonces
estilos formalistas y abstractos y su pintura, siendo exploraciones de sí
mismo, era también un modo secreto de subrayar la relación filial con su padre,
José Respaldiza, artista de marcado énfasis
intelectual, 1968 fue para Alfonso Respaldiza el comienzo de una ruptura
con ese mundo bien ordenado. Ese es el
año en que el Perú sufrió uno de sus pachacutes
políticos y sociales. Al viajar entonces
Respaldiza a Brasil dejaba una sociedad trastornada y que por eso mismo perdía
su poder sobre él. Decisiva fue su
experiencia en el taller de grabados que dirigía Alhir Botello. Ni sus estudios de Arquitectura en Chile o en
la Escuela de Bellas Artes de Lima influenciaron tanto en Respaldiza como el
breve consejo de Botello: “Pinte Ud. cosas del Perú, pinto lo que Ud. es”.Publicado en Revista Cielo Abierto, Vol. VI, N° 16, agosto 1981.
Respaldiza no estaba seguro sin embargo de cual habría
de ser su lenguaje plástico. ¿Diseño y
diagramación? ¿escultura? De regreso al Perú aprendió incluso el viejo
arte de los retablos ayacuchanos y dedicó largas horas a leer los mates
burilados. Este proceso de búsqueda fue
acelerado por una feliz experiencia sicoanalítica (1976).
Los Tocuyos
de esta exhibición condensan todo ese largo proceso. Es vieja esta tradición de los Tocuyos en el
Perú. Los Catecismos Chavín de Carhua (Costa Sur) fueron hechos con este
material; el más fuerte y sencillo de todos con sus largas fibras amarradas en
un elemental cruz de trama y urdimbre.
También emplearon el Tocuyo los grandes maestros pintores de
Chancay. Durante el Coloniaje vino a
menos, y lo “distinguido”, lo “moderno”, era trabajar sobre cueros y lienzos
importados. En algunas partes del Perú
sin embargo, el Tocuyo continúa al servicio de la pintura. Es el caso de los Tocuyos Misionales de
Chachapoyas y de Mojos con sus grandes escenas bíblicas hechas por encargo de
los jesuitas. De algún modo, pues,
viejas técnicas, viejas ideas plásticas sobrevivieron. Así nos podemos explicar el milagro pictórico
de Encarnación Mirones que a mediados del XIX pintó sobre Tocuyo con la fuerza
de un buril, como si estuviese (como podría haber dicho Sabogal) tatuando la
piel de un mate.
Sin saberlo quizás, Respaldiza se vincula a esa
tradición. En estos Tocuyos hay el
énfasis aprendido en los grabados; de allí su impacto táctil pese al rico
cromatismo de las telas. No hay aquí
ninguna sofisticada presentación perspectivista ó anti-perspectivista. Es una pintura de regreso en que todas las
figuras ocupan el primer plano como si dentro de la consideración íntima el
significado simbólico así lo exigiera.
Nada tiene aquí otra jerarquía que las necesidades de la
composición. Bien puede sin embargo debatirse
algunas preferencias: el Sol Paterno, las aves maternales y femeninas; la
obsesión vegetal, que es tan andina; todas presentadas por Respaldiza sin
conflicto. En un ámbito de
reconciliación.
No estamos viendo una pintura homogénea. Parecería que Respaldiza maneja en estos
momentos dos ó tres aperturas. Una de
ellas confiada al color y a lo floral; allí las figuras se aprietan
armoniosamente dentro de un horror al vacío.
En el otro extremo se encuentra el misterio del batik, donde Respaldiza se ha inspirado notoriamente en motivos de
los mates huancaínos. Hay por último otros
dos registros, próximos entre sí: Allí
el artista está accediendo a un proceso de eliminación y abstracción de la
figura y a poner en evidencia el valor de los fondos, todo dentro de una gran
economía cromática que contrasta con la explosión de los primeros registros.
Es difícil predecir cuanto durará esta Fase Tocuyo
dentro del desarrollo plástico de Respaldiza.
Pero resulta positivo que en un momento de crisis el artista haya
recurrido a influencias tan diversas como los que se han mencionado (grabado
moderno, mates tradicionales, batik, etc.).
Quizás en la libertad de esa aproximación esté uno de los secretos de la
belleza. Uno de los milagros, una de las
explicaciones del arte se encuentra en el hecho paradojal de que solo
explorando zonas peligrosas, marginales, puede llegar una obra a su
iluminación.
Fotografías:
Wilfredo Loayza
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